No hay palabras cuando uno está vacío.

Se podría intentar, faltando a la realidad, describir el fastuoso viaje durante el cuál te rebañaron el Alma con cucharilla de plata, para después cocinarla sobre unas brasas de hielo.

Quizás, rizando, que no rozando, la mentira, describir cómo sentiste parar el corazón y escuchar, con mimo precavido, su silencio al respirar, sin agitación alguna, el aire angosto que le terminó por ahogar.

Quizases e intentos, que desoyendo a la razón, intentarían continuar mintiendo, rellenar un vacío sin fondo, explicar lo irreversible, fustigarse la sal de las heridas. En definitiva, estar, que no sentirse, vacío.

Vacío.

Totalmente vacío…

Iñaki Folgado

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