Rencor

No consigo encontrar las llaves que cierren la puerta que alguien abrió con premeditación. Mi rencor, volátil, siente la brisa del aire fresco que ventila la habitación, aprovechando cada bocanada de aire que aspiro para insuflarse valor. Desmedido, hambriento, compañero de una venganza que lleva vestido de gala, ropa interior de cachemir y ligas negras de cuero martirizador, se lanza al mar de olas enrabietadas que golpean mi sensación de perdedor.

Aúllo mal herido, animal salvaje desgarrado por una herida interior, e intento cambiar la cerradura sin apenas respirar. ¿Esfuerzo baldío? – nunca sabré si lo es – ¿Locura de un soñador? – sin ninguna duda-.

Consigo seguir caminando, dejando tras de mi otro reguero de sangre que colorea la suave nieve que comienza a refrescar mi dolor. Hasta donde llegue. Quién sabe si llegaré o no.

No crecen flores en el cielo

¿Dónde están esas palabras mentirosas que nos enseñaban desde la infancia?

¿Dónde está ese cielo que alberga a las personas que echamos de menos?

Mires como mires, nunca verás las flores que te han regado

M(izu)

Agua que se estanca cuando quiere fluir. Empuja con fuerza las paredes opresoras, y explora con suavidad rendijas por donde discurrir.

No. No es otro volcán. El agua no fuerza la salida, la busca. Cualquier hueco es bueno para encontrar el principio de la huida. Deslizarse, no romper. Crear, no destruir.

Toca abrir compuertas…

Túnel

Hoy, por fin, la luz del final del túnel dejó de ser el expreso de la media noche para convertirse en algo cegador, cálido, intenso… Algo tan suavemente duro que necesitaba volver a sentirlo sobre mi.

Hoy, por fin, atravesé ese túnel dónde me encontré en la mitad del mediodía, y comienzo a caminar por sendas donde ya no todo serán sombras.

Hoy, por fin…

Hoy

Hoy, por primera vez, conseguí volar por debajo del suelo…

Dulce sensación de libertad, amargo sabor que inunda mi paladar de frescas sensaciones, recuerdos de momentos – sin sabor – en el interior del túnel. Ésos en los que la luz del tren alude a la inexistencia del final del camino, pero que no te avisa de escapar de la oscuridad para bordear la angosta y húmeda -repleta de trenes – caverna por la que me empeñé en arrastrarme, que no volar.

Volar. Volar por debajo del suelo.

Con el aire en el rostro, arrancando lágrimas de sal que ya no existen, reflejos de un recuerdo que ya olvidé – o puede que no. Da igual – extiendo mi mirada buscando un horizonte, antes difuso, a estas horas repleto de tormentas lejanas que pienso en dejar atrás.

Volar. Sí. Volar por debajo del suelo… Hoy