Falsa inocencia

¿Quién muere en los albores de un atardecer?

La falsedad se persona en un cuento sin final, para dar por zanjada la polémica arbitraria sobre si el amor puede (y debe) permanecer eternamente. Justo en ese preciso instante, dónde y cuándo se disfruta del deleite dominical, aparece cual asesina en serie en pos de aniquilar las esperanzas de un momento mejor. Es en esos albores de una inocencia ultrajada y engañada por el narcisismo, cuando se convierte en paladín de la enésima potencia de la estupidez, campando a sus anchas en mentes despojadas de cualquier atisbo lúcido y moral – mentes frágilmente manipulables – convirtiendo, lo que a todas luces parecía una dulce inocencia, en una desbocada sed de hipocresía digna del mejor melodrama parisino de los años treinta.