Quimera

Sueño con dejar de soñar que sueño. Cansado de no dormir, despierto con los ojos cerrados, suspiro constantemente lleno de melancolía – bella palabra para algo que hace tanto daño – pero vacío de rencor.

Vacío, sí. Conseguí vaciarme de recuerdos (otra vez), de palabras necias y de oídos sordos. Aprendí la lección y regalé los libros, sabiendo que no tendré que recurrir a ellos al tener el daño tatuado a fuego en las cicatrices que sostienen mi interior. Esas bocanadas originadas por mi propio león enamorado, más atento a la sinrazón que a la sin pasión, fueron las que surcaron mi piel, poro a poro, dejando marcada su travesía imaginaria, no carente de dolor, desde su más bello origen hasta su más triste final.

Esta vez sí he aprendido cabalmente la enseñanza, y sé que no volveré a saltar con cuerdas, ni a instalar redes debajo de mis pies. Memoricé a base de aflicción que es mejor morir que terminar herido. Rodillas o de pie, qué más da. Por lo que, si he de volar, lo haré sin alas, sin mallas bajo mi sombra traviesa, y sin ningún miedo.

Adiós quimera. Por fin soy real.