Ese castillo de naipes construido con partículas de aire, no ha podido soportar la presión ejercida por tu mirada, derrumbándose mucho más rápido que su elevación, aquella que fue larga y costosa.

Ahora, en la mitad de mis restos, entre mi desolación, intento comprender el porqué me afano en lo imposible, porqué pretendo soñar si nunca me he dormido lo suficiente como para no despertar.

Asimilo mi enésima batalla perdida, y doy por concluida mi particular guerra contra mi mismo. Abdico. Sin ya tener poderes sobre la plenitud de mis escasas facultades.

Simple y llanamente: se acabó. El hedor de mi muerte, demasiado denso, es incapaz de perseguir mis pasos que, dubitativamente decididos, caminan sobre el agua. Agua repleta de recuerdos.

Siento sus gritos desgarrados, escucho las yemas de sus dedos intentando aferrarse a los poros de mi piel. Heridas que no sangran. Heridas que curaré con sal.

No es el frescor del agua quién alienta mi alma, sino el cálido viento quién calma mi sed.

No existirán sonidos con alma celestial cuando me cruce tu mirada, ni ciudades vacías de silencio donde perderse en mi huida de esos recuerdos. No será la lluvia reflejada quién me recorra triste los surcos de la cara. No habrá lágrimas en el entierro de mi pasado.

Es el resquicio de la puerta el que me regala falsas esperanzas a las cuales me asiré para surcar los cielos grises sin plomo, nubes inertes de sal.

Mis labios sedientos, agrietados, saben a mar

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