Atenazado en el rincón de mis sueños, plegado ante la amenaza que supone el despertar del todo, me aferro a mis harapos como salvoconducto a lo que seguramente sea mi perdición.

Incapaz de arrastrarme más, incapaz de vislumbrar algún atisbo de luz, no encuentro salvación posible, dejándome caer en la supuestamente dulce desesperación, amiga íntima del miedo más profundo, del que cala tus huesos, del que congela tu hiel.

Sé que moriré, que una parte de mi desapareció absorbida por el temor a ser absorbida.

Languidezco, todavía, en el mismo rincón. Sin sueños…

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